viernes, 22 de agosto de 2008
La indignación del mono
Solo tenía esa frase y la imagen de aquel mono trepado en lo más alto de la jaula.
jueves, 24 de abril de 2008
Cañada

He visto hacia su fondo de cemento en los días de invierno en que es solo un chorrito miserable y me he estremecido en el verano cuando se transforma en un río caudaloso, buscando romper el corset que ingenieros y urbanistas le hicieron a medida.
Lo he contemplado como un zombie en los otoños transportando medroso enjambres de hojas secas hacia un destino desconocido y me he interrogado muchas veces sobre el puerto final de su flota colorida de botellas plásticas vacías.
He arrojado a sus aguas turbias tickets viejos y poemas nuevos. Me he reído de aquellos que han soñado en navegarlo en algo más que palabras. Lo he cruzado en marchas chicas y grandes, lo he atravesado en pensamientos olvidados, y muchas veces -la mayoría- lo he vadeado sin oír su rumor ni las risas de los borrachos que beben sentados en el calicanto.
A pesar de todo a La Cañada no la conozco, no la sueño ni la busco. Se que está allí, estuvo antes y estará después, larvando su bronca destructiva hacia esta ciudad que un día tuvo la mala idea de ponerse al medio, disciplinándola a fuerza de hormigón, acero y piedra.
domingo, 13 de abril de 2008
Vida nueva

Puedo borrar con el codo lo que escribí con la mano y escribir de nuevo algo distinto (pero igual) para olvidarlo mañana o dentro de cinco minutos.
Puedo enamorarme de la mujer que odio y darle un abrazo fraterno a quien deseo acuchillar. Puedo mentir y decir la verdad al mismo tiempo, ser alquimista de la palabra o comerciante de convicciones.
Puedo actuar sin ser actor, caminar sobre el agua sin ser Cristo, armar una revolución sin ser Lenín, tener hambre aunque esté repleto.
Puedo hacer todo esto y más, si consigo un lugar en un reality show.
Puedo enamorarme de la mujer que odio y darle un abrazo fraterno a quien deseo acuchillar. Puedo mentir y decir la verdad al mismo tiempo, ser alquimista de la palabra o comerciante de convicciones.
Puedo actuar sin ser actor, caminar sobre el agua sin ser Cristo, armar una revolución sin ser Lenín, tener hambre aunque esté repleto.
Puedo hacer todo esto y más, si consigo un lugar en un reality show.

Hay días en que desearía no escucharte, apagarte la radio, odiarte un poco menos.
Otras veces deseo que hartes con tu palabrerío vacuo, tus tonadas simples y el mal inglés con que imitás los "10 más votados".
En algunas ocasiones, no siempre, me doy cuenta que todo esfuerzo por huirte o por tenerte aquí a mi lado es totalmente inutil y me resigno a hacer las paces conmigo mismo mientras canto Let It Be (o algo que se le parece bastante).
Orugas en el sol

orugas en el mar
orugas en tu pelo...
La orugas se comían al sol aquella mañana. Eran grandes, verdes, oscuras y tenían todo su cuerpo embadurnado en sapolán.
Poroto, que nunca fue valiente ese día corrió junto a miles, pero por más esfuerzo que hiciera, por más fuerte que gritara, por más desgarrador que fuera su llanto, las orugas, prolijas seguían con la tarea silenciosa de llenar sus panzas con la luz.
Ese día no hubo noche, fue el final de todo.
orugas en tu pelo...
La orugas se comían al sol aquella mañana. Eran grandes, verdes, oscuras y tenían todo su cuerpo embadurnado en sapolán.
Poroto, que nunca fue valiente ese día corrió junto a miles, pero por más esfuerzo que hiciera, por más fuerte que gritara, por más desgarrador que fuera su llanto, las orugas, prolijas seguían con la tarea silenciosa de llenar sus panzas con la luz.
Ese día no hubo noche, fue el final de todo.
Emplumado de olvido

Una de cal y una de arena. Eso le bastó para construirse su nuevo dolor.
Nadie sabe cuando comenzó a olvidarse quien era, dónde vivía, quien lo amaba o quien lo odiaba. Por las mañanas se lo veía ensimismado repartiendo unos volantitos escritos a mano, reclamando justicia para su delito. Por las tardes lo cruzábamos callado, con las manos en la espalda cargado tres o cuatro piedras que lanzaba a la vidrieras del centro.
De a poco fue emplumándose en la nada y pronto se hizo invisible, ya nadie sabe nada sobre él. Sobre el calicanto de La Cañada unas torpes iniciales grabadas con un clavo son la única prueba de que alguna vez existió.
Nadie sabe cuando comenzó a olvidarse quien era, dónde vivía, quien lo amaba o quien lo odiaba. Por las mañanas se lo veía ensimismado repartiendo unos volantitos escritos a mano, reclamando justicia para su delito. Por las tardes lo cruzábamos callado, con las manos en la espalda cargado tres o cuatro piedras que lanzaba a la vidrieras del centro.
De a poco fue emplumándose en la nada y pronto se hizo invisible, ya nadie sabe nada sobre él. Sobre el calicanto de La Cañada unas torpes iniciales grabadas con un clavo son la única prueba de que alguna vez existió.
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