
He visto hacia su fondo de cemento en los días de invierno en que es solo un chorrito miserable y me he estremecido en el verano cuando se transforma en un río caudaloso, buscando romper el corset que ingenieros y urbanistas le hicieron a medida.
Lo he contemplado como un zombie en los otoños transportando medroso enjambres de hojas secas hacia un destino desconocido y me he interrogado muchas veces sobre el puerto final de su flota colorida de botellas plásticas vacías.
He arrojado a sus aguas turbias tickets viejos y poemas nuevos. Me he reído de aquellos que han soñado en navegarlo en algo más que palabras. Lo he cruzado en marchas chicas y grandes, lo he atravesado en pensamientos olvidados, y muchas veces -la mayoría- lo he vadeado sin oír su rumor ni las risas de los borrachos que beben sentados en el calicanto.
A pesar de todo a La Cañada no la conozco, no la sueño ni la busco. Se que está allí, estuvo antes y estará después, larvando su bronca destructiva hacia esta ciudad que un día tuvo la mala idea de ponerse al medio, disciplinándola a fuerza de hormigón, acero y piedra.